sábado, junio 27, 2009

Poemas grabados en mi memoria


Yo sí creo que algunos nazcamos con alma de poeta.

Y lo creo por mí misma, por lo que en mí vi.

Por lo diferente que me siento frente a otras personas y otras gentes.

Yo, que apenas tengo memoría lamentablemente, recuerdo perfectamente esos poemas que aprendí de adolescente, de jovencita y en la niñez. Sí, hasta recuerdo y recordé durante años ese versito que me recitaba mi madre por las noches, con tres, cuatro años, no más de cinco, y que yo creía era una simple nana y aprendí a pesar de mi poca edad y cuando ya de adolescente leí en uno de los libros que pululaban por la casa soprendida quedé al descubrir la nana y orgullosa quedé al comprobar como esa madre mía que jamás se alabó en cultura, más bien todo lo contrario, me cantaba –le ponía música de su propio talento – un poema de Rafael Alberti.


La cigüeña


Que no me digan a mí
que el canto de la cigüeña
no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta
arriba en el campanario,
que no me digan a mí
que no es del cielo su canto.



Rafael Alberti del libro “Marinero en tierra”

Sí mamá, Alberti, Rubén Dario y otros me ibas tú recitando por las noches.

Y luego está el que ante determinadas situaciones o conversaciones en vez de acudir a mi memoria como veo les sucede a los demás tertulianos otras situaciones análogas, teorías o hasta menciones del código penal a mi me vienen poemas. Y yo siempre pensando en que era un defecto mío, una cursilería que por eso callaba mientras me esforzaba en recordar cualquier otra cosa hasta que al final me acordaba de mi vecina del cuarto o algo por el estilo y ya no me sentía ridícula por hablar.


Pero desde que empecé esta saga de poetas y poemas, que ya no me avergüenzo. Ya narro esas poesías que vienen a mi memoria.


Quizás me subió la autoestima. O simplemente ya no creo que yo sea peor que otras personas por tener tal capacidad de asociar la vida a la poesía.

Por eso en estos dos últimos días, repasando los cientos de veces que le pedí que no me abandonara, las veces que aún ya sabiendo que se iría lavé sus pies con mimo y cuidado al igual que María Magdalena debió hacerlo con su mesías, la vez que me arrodillé ante él y abrazando sus piernas y entre lágrimas intensas le supliqué “No me dejes”, los cientos de veces que lo llamé para pedirle humildemente que volviera me doy cuenta que si a él le pasara como a mí, quizás a su mente en vez de esas palabras que resonaban como dardos en mis sesos me hubiese dicho:





Qué tengo yo que mi amistad procuras


¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

¡Y cuánta hermosura soberana:
Mañana le abriremos --respondía--,
para lo mismo responder mañana!


Lope de Vega

sábado, junio 20, 2009

Homenajeando a mis poetas favoritos: Miguel Hernández




Miguel Hernández es mi poeta favorito, por eso, cuando decidí escribir esta saga homenajeando a esos poetas que hicieron mella en mí de tal forma que llegué a aprender de memoria alguno de sus poemas, con Miguel estaba indecisa pues son muchos los poemas que aprendí y que quedaron impresos por su belleza, valentía, fuerza, perfección, etc en mi recuerdo y que marcaron muchos momentos en mi vida. Así que dudando, dudando al final me quedé con tres, bueno cuatro pues "Canción del esposo soldado" también me parece una maravilla. Pero aquí sólo dejaré un breve fragmento de estos tres:

El primer poema suyo que leí y que mi impactó por la fuerza, la valentía y el orgullo:

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

O bien esa nana increiblemente tierna y triste que le dedicó a su hijo cuando su mujer le escribió que se alimentaba de pan y cebolla:


NANAS DE LA CEBOLLA

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Y ,claro, la elegía más bella, triste y perfecta que se ha escrito jamás y que no creo que nunca sea superada.


ELEGÍA

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.


Sí, en una de estas tres maravillosas poesías se centraba mi pensamiento y sin embargo, hoy, ese día elegído para homenajear a Miguel en mi memoria retumba otro poema, un soneto. Un soneto impecable, como todos los suyos. Un soneto que hacía tiempo no recordaba pero que hoy, seguramente debido a la enorme tristeza que arrastro no se me va de la cabeza y mis sesos me repiten sin parar.

Y es que Miguel tiene un poema para cada uno de mis momentos. También para los de la angustia y pena inmensa, cuando lloro sin límites, cuando sé que él sabedor de mi tristeza ni se apena ni se conmueve ni compadece.



15

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo, no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos, penas me oponen su corona,
cardos, penas me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!


Gracias Miguel