
Yo sí creo que algunos nazcamos con alma de poeta.
Y lo creo por mí misma, por lo que en mí vi.
Por lo diferente que me siento frente a otras personas y otras gentes.
Yo, que apenas tengo memoría lamentablemente, recuerdo perfectamente esos poemas que aprendí de adolescente, de jovencita y en la niñez. Sí, hasta recuerdo y recordé durante años ese versito que me recitaba mi madre por las noches, con tres, cuatro años, no más de cinco, y que yo creía era una simple nana y aprendí a pesar de mi poca edad y cuando ya de adolescente leí en uno de los libros que pululaban por la casa soprendida quedé al descubrir la nana y orgullosa quedé al comprobar como esa madre mía que jamás se alabó en cultura, más bien todo lo contrario, me cantaba –le ponía música de su propio talento – un poema de Rafael Alberti.
Y lo creo por mí misma, por lo que en mí vi.
Por lo diferente que me siento frente a otras personas y otras gentes.
Yo, que apenas tengo memoría lamentablemente, recuerdo perfectamente esos poemas que aprendí de adolescente, de jovencita y en la niñez. Sí, hasta recuerdo y recordé durante años ese versito que me recitaba mi madre por las noches, con tres, cuatro años, no más de cinco, y que yo creía era una simple nana y aprendí a pesar de mi poca edad y cuando ya de adolescente leí en uno de los libros que pululaban por la casa soprendida quedé al descubrir la nana y orgullosa quedé al comprobar como esa madre mía que jamás se alabó en cultura, más bien todo lo contrario, me cantaba –le ponía música de su propio talento – un poema de Rafael Alberti.
La cigüeña
Que no me digan a mí
que el canto de la cigüeña
no es bueno para dormir.
Si la cigüeña canta
arriba en el campanario,
que no me digan a mí
que no es del cielo su canto.
Rafael Alberti del libro “Marinero en tierra”
Sí mamá, Alberti, Rubén Dario y otros me ibas tú recitando por las noches.
Y luego está el que ante determinadas situaciones o conversaciones en vez de acudir a mi memoria como veo les sucede a los demás tertulianos otras situaciones análogas, teorías o hasta menciones del código penal a mi me vienen poemas. Y yo siempre pensando en que era un defecto mío, una cursilería que por eso callaba mientras me esforzaba en recordar cualquier otra cosa hasta que al final me acordaba de mi vecina del cuarto o algo por el estilo y ya no me sentía ridícula por hablar.
Pero desde que empecé esta saga de poetas y poemas, que ya no me avergüenzo. Ya narro esas poesías que vienen a mi memoria.
Quizás me subió la autoestima. O simplemente ya no creo que yo sea peor que otras personas por tener tal capacidad de asociar la vida a la poesía.
Por eso en estos dos últimos días, repasando los cientos de veces que le pedí que no me abandonara, las veces que aún ya sabiendo que se iría lavé sus pies con mimo y cuidado al igual que María Magdalena debió hacerlo con su mesías, la vez que me arrodillé ante él y abrazando sus piernas y entre lágrimas intensas le supliqué “No me dejes”, los cientos de veces que lo llamé para pedirle humildemente que volviera me doy cuenta que si a él le pasara como a mí, quizás a su mente en vez de esas palabras que resonaban como dardos en mis sesos me hubiese dicho:
Por eso en estos dos últimos días, repasando los cientos de veces que le pedí que no me abandonara, las veces que aún ya sabiendo que se iría lavé sus pies con mimo y cuidado al igual que María Magdalena debió hacerlo con su mesías, la vez que me arrodillé ante él y abrazando sus piernas y entre lágrimas intensas le supliqué “No me dejes”, los cientos de veces que lo llamé para pedirle humildemente que volviera me doy cuenta que si a él le pasara como a mí, quizás a su mente en vez de esas palabras que resonaban como dardos en mis sesos me hubiese dicho:
Qué tengo yo que mi amistad procuras
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!
¡Y cuánta hermosura soberana:
Mañana le abriremos --respondía--,
para lo mismo responder mañana!
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!
¡Y cuánta hermosura soberana:
Mañana le abriremos --respondía--,
para lo mismo responder mañana!
Lope de Vega



